Presentación

Tenía abandonado el blog y es verdad que escribir es una puta catarsis, y realmente lo que más necesita mi vida es una puta catarsis.

Lo primero que voy a hacer es presentarme como es debido.

Vamos a ver, tengo 31 años. Soy demasiado mayor para un blog, o por lo menos para un blog así, que es lo que hacen los adolescentes, se supone. Si yo escribo algo se supone que debería ser algo centrado en un hobby o actividad profesional. No es el caso.

Tengo 31 años y estoy soltera y sin pareja. Con esta edad se supone que debería estar, o bien casada y con un par de churumbeles, o viviendo una vida glamourosa de citas a lo Bridget Jones. No es el caso. Para mi desgracia, sigo viviendo con mis padres, porque sé de sobra que no podría permitirme una hipoteca en solitario en algo mejor que un cuchitril, a pesar de que gano razonablemente bien, pero en esta zona es lo que hay. Además, tampoco sé si me quiero quedar en este país toda la vida o no. Eso también esta bien, tengo 31 años y todavía no he decidido que quiero hacer con mi vida; ser menos patética, supongo.

El lado positivo es que hace 6 meses lo tenía muy claro. Quería vivir con Óscar el resto de mi vida, tener una vida haciendo las cosas que nos gustan a los dos y reunir valor para decirle que íbamos a ser padres. Cosa que no hice hasta después de que él rompiera conmigo (todavía no tengo los motivos muy claros, pero supongo que en gran parte están relacionados con que para él se había acabado la emoción de la conquista y que, para pavisosas, ya había estado con una) También ayudó un aborto espontáneo de por medio. Pero, bueno, supongo que hablaré más veces de Óscar, largo y tendido. Al fin y al cabo, es la razón de que la chica alegre con la que empezó a salir se haya convertido en un ser lloroso que cuando no está en el trabajo se dedica a lamentarse tirada en el sofá y a subsistir a base de coca-cola light y cigarrillos, lo que ha hecho que mis ya escasos 52 kilos se hayan transformado en 45 y medio en los últimos 4 meses.

Hablando de trabajo, odio mi trabajo. Trabajo en una sucursal bancaria, en una empresa en la que parece que sigo un camino imparable, en vez de al estrellato, a estrellarme contra el suelo. Bueno, digamos que a pesar de que lo aborrezco, soy una de esas puñeteras workaholic que miran el correo electrónico hasta de vacaciones y son capaces de pensar en trabajo durante el sexo (sí, lo reconozco, lo he hecho, pero la verdad es que era más emocionante pensar en el trabajo que en la decoración de la habitación, y la noche no tenía trazas de mejorar) Afortunadamente, en uno de mis habituales cambios (a menor categoría siempre) dejé de tener la obligación de llevar la blackberry encima. Porque la llevaba siempre encima. Hasta en fin de semana. Hasta en nochevieja. No considero que sea especialmente mala en lo que hago, simplemente empiezo a pensar que, ¿sabéis eso de la gente que está en el sitio adecuado en el momento justo? Pues a mí me pasa lo mismo, pero al revés.

Siempre he pensado que sería feliz en una boutique de piezas escogidas. O vintage. Me encanta la ropa vintage. Me encantan los mercadillos, Brick Lane, Londres… No, no soy tan típica. A pesar de mi afición por la música indie, la ropa vintage, a que mataría por parecerme un poco a Florence Welch y todo eso, lo único que me gusta de Londres es el anonimato entre la multitud y las cosas tan fantásticas que puedes encontrar de tiendas, aparte de un par de restaurantes y cafeterías nada pretenciosos. Aunque me encantaría vivir en UK (¿y a quién no? Cameron puede ser insufrible, pero mucho menos que Rajoy), Londres me puede agobiar hasta extremos insospechados. En realidad, desde que llegué allí de puñetera casualidad, estoy enamorada de Leicester. Me encanta su ambiente provinciano tan típicamente inglés, que la gente te hable en los pubs y las noches cutres de karaoke. Me encanta que ir a Nando’s sea de lo más in, me encanta ir a Sainsbury’s a por un brownie y el Leicester Mercury y que sea noticia que a un niño le han robado su pato. Me gusta que no haya turistas y que no sea pretencioso. Hasta me gusta el puñetero acento indescifrable de las East Midlands que, para mi desgracia, a la de 10 minutos se me pega. Eso significa que luego voy a Londres y les cuesta descifrar mi inglés más de lo normal.

Curiosamente, a pesar de mi extrema delgadez actual (que aborrezco; lo que pasa es que mi estómago al menor indicio de recordar a Óscar tiene tendencia a revolverse y a evacuar cualquier líquido o sólido que haya podido tomar en las últimas horas), me gusta vestir bien, maquillarme bien, y se podría decir que tengo incluso cierta clase, hasta con playeras. Oh, no es gratis. Si mi peluquero fuese heterosexual y tuviese hijos, a estas alturas ya habría pagado su universidad, y reconozco una adicción aguda a los productos de Nars, los esmaltes de OPI y comprar compulsivamente por internet, desde piezas vintage hasta ropa más actual con un toque destroyer en All Saints y en Religion. He conseguido aprender a hacer una maleta en minutos de tal manera que al entrar en cualquier garito reciba miradas de aprobación. Y no tardo demasiado en arreglarme, no creáis. He perfeccionado el arte hasta que es un instinto. Además, se me da bien mimetizarme con el entorno donde acuda. No obstante, siempre he tenido un problema serio para las relaciones de pareja. O para ligar. Una de las tres personas a las que considero amigos de verdad dice que los asusto. No lo sé. Suelo ser extrovertida, simpática, relajada. Pero nadie se acerca a darme la oportunidad, desde luego. De todos modos, mi única cita D.O. (después de Óscar) se convirtió en un desastre a la de 5 minutos, aunque lo disimulé bastante bien. Tan bien que el tío incluso quiso quedar de nuevo. Pero, ¿qué le iba a decir? ¿Estás muy bueno pero no estoy preparada? ¿Cuando te besaba he sentido lo mismo que besando a un pescado muerto? Ambas cosas son verdad, pero la peor es que con los años he descubierto que hay cosas que me importan mucho más que el físico, y la verdad es que una persona sin ambiciones, sin conversación, no va conmigo. Sé que esto suena terriblemente snob. Quizás sea la razón del fracaso de mi vida sentimental.

Bueno, pues sólo queda contar la razón de que hoy empiece mi catarsis vía blog. Quizás hubiese debido empezar por ahí. De todos modos, nunca he sido demasiado organizada. Más bien, nada en absoluto. En fin, pues la cosa es que tengo un quiste en la vagina. Sí, un quiste. Eso te hace plantearte muchas cosas. Por ejemplo, por que a los 31 años sigues en casa de tus padres, angustiada por las sospechas de que tu ex está empezando a salir con otra y poniéndote ciega a patatas fritas para después vomitarlas, asfixiada sin saber muy bien si debes contárselo a tu único verdadero amigo y si no deberías habérselo contado a las chicas, aunque sean estupendas y las dos hermanas que no he tenido. Por que sigues en un trabajo que no te gusta. Por que te sientes tan vacía y te parece que nada tiene sentido. Y, sobre todo, por que, a pesar de que una parte considerable de tu nómina se vaya en concepto de seguridad social dedicada a pagar las intervenciones menores de vagos y maleantes, que ni cotizan ni puñeteras ganas que tienen porque les han declarado pensionistas a la tierna edad de 27 años por cualquier chorrada (¡Oh, maravilla de país en el que cualquier tontería te garantiza una incapacidad permanente y después de un esguince de tobillo no te dan ni un puñetero día de baja!), hayan pasado dos días laborables sin que el ginecólogo del hospital me llame para darme una cita. A pesar de que estoy en preferente. A pesar de que el bultito de marras duele y no deja de crecer y todos los que me rodean dicen que vaya por lo privado. No voy a hacerlo, es una cuestión de principios. Estuve de baja 3 meses por un cuadro clínico de angustia y, ¡bingo!, el psiquiatra tuve que pagarlo yo. No es que esté en contra del sistema de seguridad social, pero, demonios, como decía aquel, la tierra para el que la trabaja, ¿no? Voy por los 7 años muy bien cotizados y resulta que puedo tener un cáncer y estoy esperando a que se dignen a hacerme un hueco. Y luego salen en la tele hablando de la detección precoz. Y una mierda. En este país la única manera de conseguir la detección precoz es sustituír a los médicos de cabecera de los ambulatorios por videntes. Entrar y que haya una tía con turbante y una bola de cristal y te diga “dentro de 3 meses te va a salir un quiste, voy pidiendo desde ya un volante para el especialista” y así quizás, y sólo quizás, conseguiríamos llegar a tiempo.

Pues estoy muerta de miedo. No me da miedo morirme en sí. Me da miedo la recuperación de un cáncer, porque lo ví en mi madrina, que murió de cáncer a los cuarenta y pocos. Su segundo cáncer. Y hacía una vida más sana que la que yo hago, ni punto de comparación. Hacía deporte, casi nada de alcohol, nada de comidas desestructuradas, nada de tabaco, etc etc Y se empeñaban en darle la quimio, la radio, las pastillas y toda la hostia cuando desde el principio los médicos ya nos habían dicho que no tenía cura ni en Houston. Debe ser verdad, coincidió con Rocío Jurado, las dos tenían el mismo cáncer y muriern las dos. Quizás la Jurado con un poco más de glamour. Pero me importa una mierda. No quiero acabar sin fuerzas para sostener una taza y que se me derrame todo por encima o en una habitación sin poder ya moverme y hablar viendo como interminables visitas pasan a ver mi decadencia. Vale, eso no creo que me pasase. Como ya he dicho, tengo sólo 3 amigos íntimos, soy hija única y tampoco me he esforzado excesivamente en la relación con mis parientes más allá de mis padres, pero supongo que hay algo en el ser humano morboso que nos lleva a hacer visitas de compasión para hundirnos en el dolor ajeno y llegar a casa pensando que nuestra vida no está tan mal. Y también me da miedo ver que si me muero mañana no dejo absolutamente nada más que un saldo decente en la cuenta corriente, el seguro de vida de la empresa y unas acciones y un fondo de inversión totalmente ruinosos, aparte de un guardarropa por el que sé que mucha gente mataría y unos cuantos CDs extraordinariamente buenos escogidos con mucho mimo. No he hecho nada de valor con mi vida. Ni he escrito un libro, ni he tenido un hijo, ni he plantado un árbol. Vamos, que menos mal que por estos lares no se estilan los epitafios, porque el que tuviese que redactar el mío tendría un serio problema.

Supongo que eso sería un motivo de peso para empezar a vivir, hacer algo sorprendente, dar un giro a mi vida, demostrar talento… Curiosamente no. Sólo quiero que llamen de una vez del hospital para darme vez y, si se me permite pedir un deseo en voz alta, acurrucarme en el sofá con mi ex, que me abrace y me tranquilice y me convenza que no va a pasar nada, como si fuese una niña pequeña. Y si ya lo podemos elevar a la categoría de perfecto, quiero una taza de té, de mi té preferido, con dos terrones de azúcar blanco.

Pues creo que como presentación ya he escrito bastante, incluso demasiado. Ahora iré escribiendo como desahogo cuando buenamente me apetezca. Es tontería decir que me voy a plantear una regularidad, cuando eso tampoco ha sido nunca lo mío.

Currently listening to “Dance little liar” (Arctic Monkeys)

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